El domingo pasado
tuve la oportunidad de probar un deporte que nunca había practicado: el esquí
acuático. Cuando vivía en Chile solía esquiar en invierno y lo he echado
de menos en los últimos años, así que estaba muy entusiasmada.
Mi hermana se montó
antes que yo, y mientras esperaba mi turno la estaba observando. Pero no lo hizo muy
bien. Se caía para atrás, para delante y para los lados, y para el final estaba
segura de que se había tragado medio océano. Cuando llegó mi turno, me puse los
esquíes nerviosamente.
Las primeras
veces no conseguía ponerme de pie, y cuando por fin lo logré me caí a los cinco
segundos. Mis manos estaban adoloridas y mis piernas acalambradas, pero no lo
quería dejar hasta que lo hiciera bien. Una vez más me esforcé y esa vez sí valió
la pena. Muy despacio me fui levantando, extendiendo las rodillas y enderezando
la espalda. Me mantuve así por un tiempo hasta que perdí el equilibrio, pero
por lo menos tuve la satisfacción de haberlo conseguido, y tengo muchas ganas
de volver a probarlo.



